sábado, 28 de julio de 2007

Cruzando el Parque

El agua que caía de la ducha no podía estar mas fría. El invierno y la noche se habían conjugado nuevamente para darle una terrible lección a mi cuerpo. El chorro de agua era implacable pero poco a poco fui entrando en calor. Un denso vapor salía de mi cuerpo caliente y empañaba los grandes espejos del baño –luego escribiré mi nombre en ellos – pensé, mientras me jabonaba la entrepierna.

Era domingo y no deseaba saber mas. Tenia todo calculado desde ayer. La hora, lo que iba a decir, lo que iba a hacer y que iba a hacer después de que lo hiciera. Pero mejor era dejarse de jabonar mucho por que la hora me podía traicionar. Debía ser exacto. Absolutamente exacto.

Salí despavorido, tropezando con cuanta cosa había , camino a mi cuarto. No poder defenderme del frío era lo que mas odiaba. No se como pude vestirme en menos de cinco minutos. Juro que no lo había hecho nunca, ni siquiera cuando estaba el ejercito. Pero el reloj aun era mi amigo. Tenia un precioso cuarto de hora mas para cruzar el parque y unirme a Lupe. Ella era la culpable de que no me haya secado muy bien la espalda y de que el jabón se me resbalara de entre las manos y saliera despedido directo al inodoro de la manera mas estúpida posible.

Mientras pensaba en cosas como estas, las manecillas del reloj habían avanzado un par de minutos y mi corta ventaja, junto con mi exceso de confianza se habían convertido en un obstáculo; no me dejaban apurarme. Entre de nuevo al baño y recordé que tenia que escribir mi nombre en el espejo empañado. Sentí que era una obligación en ese momento.

Mi índice derecho esgrimió unas cuantas veces sobre la superficie del espejo hasta que por fin pude plasmar las pocas letras de mi primer nombre. Lo adorne con algunas rayitas mas y un par de bolitas y quedo magnifico. Mire sonriendo mi obra y me di cuenta que estaba siendo un estúpido al malgastar dos minutos mas haciendo tonterías para luego admirarlas.

Corri hacia la puerta de mi casa y de un tirón la abrí. Voltee para ver la hora en el reloj de péndulo que estaba en el ángulo oscuro del pasadizo de la entrada y comprobé lo que temía:
Si no comenzaba a caminar ahora no llegaría a tiempo. De otro tirón cerré la puerta y comencé con mi caminata de pasos cortos y rápidos, con las piernas lo mas rectas posibles y con la mirada perdida en la nada.

Antes de doblar la esquina de la calle lo recordé. Las llaves se habían quedado en mis otros pantalones. No podía regresar ahora. Mañana tal vez contrate a un cerrajero para que me abra la puerta. Lastima. Ya me había acostumbrado a esa cerradura vieja y deforme. Supongo que luego de que la fuercen quedara inservible. Pero lo que realmente importaba en ese momento era caminar y seguir caminando.

El parque estaba repleto como todo domingo por la noche. Decenas de parejitas se juraban amor eterno y sanaban sus penas con mentirosas promesas. Algún payaso le estaba cantando a su enamorada. Yo torcí la cara para no reírme delante de ellos. Cinco minutos. Eso era todo lo que tenia para cruzar el parque y pasar la noche con Lupe. Nada romántico. Nada como promesas de parque y cancincitas melodramáticas contaminando el ambiente.

Entonces me dieron unas ganas terribles de escribir. Quería escribir sobre este día y sobre mi apuro y sobre las malditas llaves y sobretodo de Lupe. Hacer mi primera novela y vivir feliz –pero ojo, con algunos problemitas- en el fina y con Lupe siempre a mi lado. Si, la novela acabaría en el parque con Lupe y yo pateando a todas las parejitas de enamorados, gritando lo felices que éramos sin exhibiciones ni juramentos.

No pude detectar el momento exacto en que sucedió todo. El cielo se ilumino en un tono verdoso relampagueante y la tierra se sacudió lanzando el estruendo mas potente y doloroso que había oido jamás. El cielo se oscureció y todo paso en cámara lenta los próximos dos minutos: Mujeres gritando, árboles sacudiéndose y niños llorando. Todo retumbaba a mi alrededor. Todo lanzaba un grito o lloraba o aullaba o moría.

La gente corría de un lugar a otro. No podía explicarme que pasaba. Maldita sea ¿Cómo llegare a casa de Lupe?. Una mujer gritaba desde la puerta de su casa. Buscaba a su hijo entre la muchedumbre asustada. Yo solo caminaba mecánicamente. No podía dejar de hacerlo. Tenia que llegar a casa de Lupe. Cruzando el parque.

Solo reaccione cuando las casas alrededor del parque empezaron a desplomarse y cuando me di cuenta que no estaba de pie. En ese momento comprendí que nunca mas iba a volver a entrar a mi casa y que nunca llegaría a ver de nuevo a Lupe, pero lo peor de todo era que jamás iba a poder escribir mi novela y que nadie sabría jamás que el árbol que estaba sobre mi pecho y que me hacia botar sangre a borbotones por la boca no me dolía mas que saber que lo ultimo que había firmado en mi vida había sido el espejo empañado de mi baño. Tal vez si hubiera sido un poco menos exacto...



Lima, Septiembre de 1999

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